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“El
Ahorcado Fantasma de Don Botelo”
AUTOR: Rafael Rosado (TONY)
Correo:
rafael.rosado@yahoo.com
Este
cuento Fantástico, es una versión
libre, sobre la espeluznante y
trágica muerte de Don Bolelo. Fue
rescatado de la tradición literaria
Oral de Navarrete.
-“Yo la verdad, no creo mucho
en los fantasmas, pero esta historia
la escuché de labios de unos
agricultores, sembradores y
recolectores de Tabaco, quienes
aseguran que Don Botelo existió
realmente y que su fantasma , sale
ahí, en el frondoso árbol de
Anacahuita y en toda la llamada
Niega Florida”. Es posible que
Ustedes a mi no me crean, pero
dejemos que sea Luís
Rody,
quien le refiera los espeluznantes y
trágicos acontecimientos que el
conoció siendo apenas un niño, de
la propia boca de un enigmático
viejecito que se les apareció una
brumosa noche de trabajo.
Aquí les
traduzco el relato de Luís Rody.
Dice así: –“Era el anochecer y
estábamos empacando el tabaco seco,
ya que al otro día venían las recuas
de mulos del instituto tabaquero
para transportar el cargamento a los
depósitos de Santiago. Una espesa
neblina empezó a caer por todos los
contornos. Luego de una ardua
jornada nos fuimos a cenar. Recuerdo
el humo de los fogones, el fuego
chispeante, los calderos tiznados e
hirvientes, las gustosas batatas
amarillas, salcochadas con todas sus
cáscaras, los arenques encebollados
con su olor inconfundible, y el
eterno e infaltable cubo de agua de
limón, que completaba nuestro
manjar. Aún no finalizábamos de
comer cuando una ligera llovizna nos
hizo guarecer dentro del rancho; nos
sentamos en el suelo; sobre yaguas y
unas cuantas piedras que servían de
bancos. Dejamos varias de las
batatas para degustarlas más tarde y
quedamos allí, como presos, sin
poder continuar nuestro trabajo, por
la increíble tempestad que devino en
truenos, rayos y relámpagos. Nos
pusimos a contar cuentos y chistes
para matar la pereza, puesto que al
calmar el insistente temporal
debíamos volver a empacar las
interminables montañas de tabaco.
Cada quien hizo su historia y ya no
nos quedaban más anécdotas para
decir. De pronto, un estruendózo
rayo partió la noche en dos con una
fulgurante luz ultravioleta.
Una sombra se acercó hacia
nosotros. Venía cubriéndose de la
lluvia con una corta penca de
yagua. Su ropa, su rostro, y todo su
cuerpo lucían bien empapados de
agua. Sin tan siquiera saludar se
dirigió a los presentes. –“Yo,
tengo una historia que contar” – así
dijo- el extraño visitante. Pasó, se
sentó e inició su relato: -“Muchos
de Ustedes, quizás han oído la frase
muy popular en estos contornos.
“Tengan cuenta cuando pasen por el
gigante y seco árbol de anacahuita,
y anden de noche solos por toda La
Niega Florida, que en esos
pantanales sale el ahorcado fantasma
de Don Botelo”.
Yo por mi parte, la escuché miles de
veces en las propias voces de las
personas que a diario transitan
desde Navarrete a Villa Nueva. El
seco árbol de anacahuita se ha
mantenido incólume en su sitio, con
el discurrir de los años e
incontables generaciones, como un
silencioso tributo a quien en vida
se llamó Don Botelo Bizoño. Justo,
en este prominente monumento vegetal
y natural fue donde ocurrió tan
terrible y abominable suceso perdido
en el tiempo. ¿Quién era Don Botelo?
¿Porqué tomó tan trágica y
desafortunada encrucijada? Les
cuento que él venía de una humilde
familia, pero la extirpe de su
apellido proviene directamente de la
corte española. El primer Bizoño que
se conoce, tatara abuelo de Botelo,
se estableció desde tiempos
inmemorables en , El Pozo Colorado,
sector rural de Navarrete, nombrado
así por el color rojo-sangre
adquirido por las aguas de su arroyo
producto de las constantes batallas
libradas aquí entre los
colonialistas españoles y los
patriotas restauradores. El padre
de Botelo, Hermes Enegildo Bizoño
IV De Calatrava, era propietario de
una estancia ubicada en la
mencionada demarcación. El pequeño
creció entre mosquitos, burros,
tabacales, la espesa maleza,
caballos y todas clases de animales
domésticos y otros menos domados
como puercos salvajes. Llegar a este
lugar tan inhóspito, solo era
posible caminando por los trechos
que se iban abriendo al instante con
los filosos machetes. Por esos
tiempos, existía una increíble
carencia educativa, cultural y
comercial en esta zona. Los
agricultores vivían empecinados en
resolver las urgencias del día a
día. Esto le impidió al viejo
campesino llegar a conseguir una
formación escolar, con lo poco que
aprendió, de primero a tercero, a
penas adquirió la destreza para
firmar su nombre. En ese tenor,
nunca se preocupó para que su
vástago lograra lo que él no pudo,
estudiar una carrera. Hizo de su
hijo una copia perfecta de él mismo.
Campesino, trabajador de conucos,
pero con ciertas habilidades para
los negocios. El tiempo y el esmero
hicieron que los negocios de Don
Hermes fueran prosperando.
Al cumplir
la mayoría de edad el astuto
muchacho se convirtió en la mano
derecha del padre, perfilándose como
su sucesor. El joven con un espíritu
emprendedor y sacrificado se dedicó
a ayudar a su padre sin sacar tiempo
para él. Dejando de lado las
diversiones, los juegos y las
mujeres. Aquella minúscula hacienda,
se convirtió, en un próspero
emporio, gracias al empeño que le
puso Botelo al trabajo de compra y
desmonte de terrenos, para
fabricar carbón, y sembrar grandes
extensiones de tabaco que se perdían
en la distancia del lejano
horizonte.
Esto le
produjo a los Bizoño la acumulación
de una gran fortuna. Se hicieron
propietario de incontables
extensiones de tierra que colindaban
con Villa Nueva, el aguacate,
Barrero, la atravesada y la amplia
franja conocida como La Niega
Florida. Además de los extensos
potreros, campos de cultivo y
tratamiento de tabaco, el Joven
introdujo en sus dominios agrícolas
la siembra de pangola, hierva para
alimentar a las vacas. Ellos
alquilaban a los ricos dueños de
ganado, sus grandes pajonales del
alimento vacuno, llegando a recibir
millonarias sumas de dinero que
incrementaban su fortuna. Uno de los
principales arrendatarios de la
tierra, pangola y facilidades de los
Bizoño, era Mahoma Nazzart. Este
último, llegó al pueblo Mejía de
Navarrete, cuando la comunidad no
pasaba de ser un camino real para el
transito de mulos, caballos, vacas y
burros. Su origen se pierde allá, en
El Líbano, desde donde emigró con su
padre, a la prometedora tierra de
Santiago de Los caballeros, siendo
apenas un niño. Quiero confesarles,
que por esos años Navarrete también
se constituía en una gran promesa
comercial, por sus grandes
territorios dispuestos para la
siembra y la ganadería, muchos de
ellos baldíos y sin dueños, donde el
primero que llegaba podía tender
alambradas y decir: -“Esto es mío”,
sin que nadie se opusiera. Don
Nazzart ya era rico de cuna, desde
que llegó del medio oriente. Al
morir su padre heredó su fortuna,
pero él seguía aumentándola con
nuevos ganados, territorios, casas,
arrozales, cafetales, tabacales,
ríos y canales. Buscando sitio para
sus interminables ganados llegó Don
Mohoma Nazzart a Navarrete. Se
convirtió en un personaje tan
poderoso, influyente, prepotente y
tiránico que alcaldes, jueces,
síndicos, abogados, maestros y
policías debían ir a su casa
periódicamente a recibir su
bendición y ponerse a sus órdenes.
Algunos campesinos, empleados suyos
hasta le prendían velas, llegando a
pensar que él nunca se iba a morir.
Aquel que
contrariaba y se ponía en
desacuerdo con Don Nazzart si no
estaba muerto, era un infeliz que ya
no tenía nada que buscar en este
pueblo. Don Hermes, hizo que su
adorado hijo Botelo se comprometiera
con una de las hijas del millonario
Libanés, para acercar más estas
familias y nunca tener problemas con
tan emblemático personaje.
Cumpliendo con los designios del
padre, un día de Santa Ana, el
joven empresario efectuó la más
espectacular boda, con su prometida
la bella y adorable Jade Nazzart.
Las
relaciones de las recién
emparentadas monarquías marchaban
muy bien hasta que Mahoma empezó a
retrazarse en el pago de la
mensualidad por el arrendamiento de
la Pangola y propiedades de Hermes
Enegildo Bizoño IV de Calatrava.
¿Quién sabe si amparado en la
filiación que había logrado?. Hay
quienes dicen, que cuando el padre
de Botelo le fue a reclamar, al
millonario Nazzart, el retrazo del
pago por arriendo de la pangola, al
podre señor Hermes le devino un
ataque cardíaco fulminante. El
problema se complicó no solo por la
muerte del vecino de Pozo Colorado,
sino por la misteriosa aparición de
un documento legal donde Don
Enegildo Bizoño le vendía la
propiedad de la pangola al Libanés.
Yo conocí a la esposa de Don Hermes
y ella me confesó lo siguiente:
-“Eso es una vulgar mentira. Mi
esposo jamás me comentó que quisiera
vender sus territorios. Si él fue a
casa de Nazzart el día de su
muerte, solo pretendía reclamarle al
ganadero el pago adeudado”. Esto
-me dijo- la señora y yo le creí,
porque una cosa tan importantes no
se le oculta a la almohada, mucho
menos a la mujer de uno. Don Botelo,
al verse sin padre, sin dinero ni
propiedad se puso completamente
loco. Una noche como esta lluviosa,
relampagueante y brumosa, se dirigió
a La Niega Florida y allí en el
gigante árbol de anacahuita, frente
a frente a la propiedad de su padre
en contubernio con la noche más
oscura cometió el abominable suceso.
Unos campesinos encontraron su
cuerpo en la mañana con la
siguiente nota: -“Aquí murió Don
Botelo Bizoño. El, no murió por
voluntad propia. Los culpables de su
muerte viven frente a esta
inquebrantable anacahuita”. La
legalidad de los documentos no
dejaban dudas de que Don Hermes
realmente vendió la propiedad, por
tanto los herederos de los Bizoños
de Calatrava no pudieron hacer nada
para reclamar la herencia que pasó a
manos de Mahoma Nazzart. ¡!Ah!! un
dato importante, que quiero darles,
antes de culminar mi relato es el
que me dieron unos labradores de
por aquí.
Ellos aseguran que donde quiera que
cocinan Batatas Amarillas, una noche
oscura y lluviosa como esta, se
corre el mortal riesgo de que se
aparezca en persona, el
inconfundible fantasma del ahorcado.
A mí me está que como campesino al
fin, las Batatas Amarillas siempre
fueron el plato preferido del
difunto. Este es un hecho tan real
como que estamos aquí, todos
nosotros vivitos contando estas
historias. Dicen que el fantasma
percibe el inconfundible olor de las
batatas amarillas a cientos de
leguas a la redonda. Si no me creen
a mi, pregúntenles a quienes lo
conocieron. Ellos pueden decirles
sobre la afición del difunto por
este alimento. Las personas que han
cruzado a des horas de la noche por
estos desiertos lugares son testigos
de sus apariciones, sino,
véanme a mí, que estoy aquí para dar
el testimonio de estos asustados
viajeros que de viva voz me
confesaron que ahí, en el seco y
gigante árbol de Anacahuita, se
puede ver “El Ahorcado Fantasma de
Don Botelo”, gritando quejumbroso
sin parar un segundo: ¡!LAAADROOON
ME ROOOBASTEEE LO MIÓ!!
Unos vecinos míos, de Pozo Colorado,
aseguran que él prometió que nunca
se marcharía de aquí. –Al decir
esto- les juntó las cabezas a los
presentes y les susurró en voz baja
en sus oídos: “Dizque, porque esta
plantación es, y siempre seguirá
siendo su querida tierra, La Niega
Florida”.
Yo ya soy un
viejo, por eso nunca me he animado a
pasar por esa bendita Anacahuita de
día, mucho menos de noche. En todos
mis años, solo hay una cosa que me
da horror y tristeza. Este hecho lo
constituye, cuando alcanzo a ver y
oír la pérdida tan inútil de una
vida. El desconocido no había
terminado de pronunciar estas
palabras cuando un rayo partió en
dos nuestra calma con una poderosa
luz ultra violeta justo encima de
los fogones. -“!!Corran!!” –les
grité- a los allí presentes.
–“Cuando llegamos donde cayó el
rayo, los calderos estaban desechos
en el suelo y las batatas habían
desaparecido misteriosamente como
por arte de magia. Nos miramos las
caras, como para reconocernos los
unos a los otros, y al darnos cuenta
que el rostro del viejito no estaba
con nosotros, corrimos al interior
del rancho, buscamos, rebuscamos, y
no encontramos el visitante por
ninguna parte, pero al ver para
arriba, justo encima donde se
encontraba sentado el forastero,
había un lazo colgado, apretando la
yagua y las aún mojadas vestimentas
de aquel campesino, que nunca dijo
su nombre, pero que todos de
inmediato sospechamos que se trataba
de: “EL AHORCADO FANTASMA DE DON
BOTELO” que quizás fue atraído por
la oscura noche lluviosa y las en
cascaradas Batatas Amarillas. Esta
vez no hubo que decir : ¡!Corran!!
Ni siquiera les dio el intérvalo de
un segundo para persignarse a los
perturbados agricultores. En un
santiamén el rancho quedó totalmente
agreste, y desolado. Yo, que hasta
ese día no creía en fantasmas,
llegué al pueblo con los jarretes
todo barreteados y sin ánimo de
volver a pisar de noche por estos
lugares tan enigmáticos e
impredecibles. |