|
Goyito
Disla, |
|
El Quijote de
Navarrete |
|
Cuento del Dr. Pedro Camilo |
|
|
Desde
mi consultorio contemplé el crepúsculo fragmentado por la
persiana abierta hacia la calle. Minutos después en el ruboroso
panorama apareció una lenta, una apacible procesión: dos, tres,
cuatro vacas iban arreadas por una silueta cincelada por la roja
luz vespertina, sí arreadas por una misteriosa figura provista
de movimientos casi imperceptibles; por una sombra humana, seca
de carnes, enjusta de rostro, que, al desgaire, llevaba por
lanza de astillero un látigo – desproporcionado instrumento para
tan escasa acometividad vacuna-, y por adarga, un enorme
sombrero de cana apoyado en el hombro izquierdo: era un
caballero andante, un Quijote redivivo que se metía en el
silencio espeso de la tarde en su flaco rocín, escoltado por un
galgo triste, ojeroso, pensativo, de pasos tardos y de orejas
mareadas por los rigores de un tiempo sin fondo |
|
Cuando el pesado séquito –peregrino alambique
que destilaba el aguardiente amargo de la tristeza- esfumóse del
otro lado de la ventana, la pantalla carmesí de la tarde quedó
sin imágenes. Al momento, y acuciado por una singular
curiosidad, pregunté |
|
-¿Quién es él? |
|
Por la posta, alguien respondió con voz segura |
|
-Ese es Goyito Disla, el hombre que enseñó a Balaguer a
cabalgar. |
|
Andando el tiempo, en repetidas ocasiones viajé a la España del
siglo XVI, acomodado siempre en el recóndito mirador de mi
consultorio; y cada vez refocilé mi espíritu con las fantásticas
proezas de un Quijote de la Mancha, o de un Amadis de Gaula, o
de cualquier otro caballero español protagonista de increíbles
leyendas preñadas de pendencias, batallas, desafíos, heridas,
requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles. |
|
Una
tarde de verano, en la pulpería sin pulpos de Felipito Lendof,
conversé por primera vez con Goyito Disla. En aquel
memorable tiempo, la canícula noroestana, con sus garras
candentes, dificultaba la respiración de hombres, mujeres, niños
y animales, y parecía que cómala –la imaginaria ciudad creada
por Juan Rulfo-, donde “muchos de los que allí se mueren, al
llegar al infierno regresan por su cobija”, había sido
trasladada a Navarrete. Entonces, los viandantes detenían sus
pasos para confundirse con los rostros conocidos que, día tras
día, nutrían la pintoresca tertulia de Felipito: un mabí, una
anécdota ligera, un piropo a quema ropa, una canción de Luís
segura, un comentario mordaz y, por fin, otro mabí, hacían girar
al mundo detenido en el mismo centro del sol, y la tardecita
fresca venía pintada de plata roja y penetraba por el deleitoso
aroma de las recedas egipcias, aclimatadas en los vergeles
criollos. |
|
En
este ambiente de franco alborozo, y bajo una borrachera de mabí,
conocí a Goyito-vaquero, Goyito-don Juan, al Goyito-pelotero,
al Goyito-trovador- gardeliano a todo trance-, sí, conocí al
Goyito-panadero y, sobre todo, al Goyito-Don Quijote,
incansable tejedor de sueños irrealizables |
|
Pronto comprendí que Goyito Disla, en sus luengas
soledades de vaquero porfiado y tenaz, había construido un
mundo quijotesco, sí, un microcosmo rotulado con signos
personales-cuya clave guarda Goyito Disla, celosamente-,
donde lo quimérico tiene más consistencia que la propia
realidad, porque a fuerza de atenuar las asperezas de la vida,
con subterfugios ilusorios, se erige una estatua a la diosa de
la fantasía creadora. Por este desmesurado empeño, los humores
vitales de Goyito se evaporaron, y sólo quedó un armazón
óseo tapizado por una piel seca y apergaminada: quijotismo puro
consustanciado en cuerpo y alma. |
|
Hoy,
desde mi consultorio, vuelvo a observar la acostumbrada
procesión vespertina: dos, tres, cuatro vacas van arreadas por
una sombra humana, seca de carnes, enjusta de rostro, que, al
desgaire, lleva por lanza de astillero un látigo, y por adarga,
un enorme sombrero de cana apoyado en el hombro izquierdo: un
caballero andante, un Quijote redivivo, un luchador pertinaz que
todavía batalla contra los molinos de viento de un pasado que es
presente y de un futuro sin fronteras: es, sencillamente,
Goyito Disla, un hombre aferrado a la circularidad del
tiempo y que nació, como Don Quijote, para vivir
eternamente. |
|