La Eterna Novia Que nunca tuve

 

 AUTOR: RAFAEL ROSADO                       CORREO: rafael.rosado@yahoo.com

 

     Hay pasajes en la vida de mi LIMBOTROPIA que se eternizan en el tiempo. En todos estos años he recibido incontables historias de puño y letra de mi buen amigo, el desaparecido poeta Raúl Guerra, como ésta donde él cuenta  lo que le sucedió con aquella eterna novia que nunca tuvo. Dice así: -“En los difíciles años de la escuela intermedia un día conocí a Panchita. –“Sí, yo quiero ser tu novia” –me dijo- ella, muy emocionada. Nos dimos un somero beso en los labios, pero este romance que así se iniciaba nunca pasó de ahí. En varias oportunidades nos juntamos en las discotecas y compartimos como buenos amigos. Nos veíamos en las calles, en las plazas públicas y en el mercado, donde éramos solo dos extraños que no pasaban de conocerse de lejos. Todo aquel juvenil afecto se quedó allá en la lejana escuela intermedia de mi niñez. Como nunca se me dio eso de estar solo, de inmediato me busqué otro amor. La llamé “La Tortura”, pero en realidad su verdadero nombre era Dora. “La Tortura Dora”, era una mujer que casi llegaba al techo de tan grande. Ella tenía una musculatura como Charles Atlas y les confieso que era mucho más fogosa y entretenida que Marilín Monroe. Tremendo problema que me había yo buscado como enamorada porque para alcanzar su  boca tenía que subirme en un banquito. Siempre que iba a visitarla ella traía el acostumbrado taburete. Un día me fui a encaramar para ir a darle un beso, aprovechando que su mamá había ido a buscar un café a la cocina y por poco me mato. Subí en falso un escalón del banquito-escalera por querer llegar más rápido  a su boca para que su madre no se diera cuenta de la jugarreta y volver a la posición anterior cuando ella llegara con su sabroso café. “Doña Lupe” vino con su brindis, y yo estaba sacudiéndome el polvo de la ropa. –“¿Qué le pasó? –me preguntó- la señora. Yo no sabía que decirle. Ella, que quiso ayudar para que me  levantara,  sin darse cuenta vertió en cima de mi, todo su café. Esa noche me fui a la casa sin besos y sin probar aquel bendito café de mi desgracia. 
     Esta relación terminó mal, no por la gran diferencia de tamaño, sino, por la diferencia de edad. No es que era yo un viejo, no. Estaba para la fecha entrando en la mayoría de edad, que en mi país son diez y ocho. Nunca supe la verdad de este por menor, pero es posible que ella rondara los quince años o los diez y seis. Ella era más joven que yo en cuanto a madures, porque dicen que el amor no tienen edad, esta relación discurría sin mayores problemas. –“Tú siempre vas a tener un lugar en mi corazón” -me decía- ella. Un día se acabó todo y la verdad que nunca volví a buscar ese pedacito de corazón prometido. ¡Qué años aquellos! ¡Las mujeres llovían! Si te dejaban o terminabas con una habían dos o tres más en lista de espera. Jamás volví a ver a mi querida Dora ni en foto. Eran aquellos unos años de sanos amores, no existía malicia en la mente de la juventud. Íbamos a las escuelas, estudiábamos, nos divertíamos en el tiempo libre y también teníamos que trabajar. No era una cosa monstruosa, pero cuando uno está pequeño, ve  todo tan grande, pero la realidad te obliga a tener que trabajar en diferentes labores como sembrar arroz, tabaco, recoger café, limpiar caminos, hacer dulces, picar madera, fabricar carbón y venderlo, y limpiar zapatos. En cierta forma esto fue muy importante porque eso fue llevando a la juventud a prepararse y trabajar para su vida futura. Sobre todo había que arriar el ganado, yo sé  que alguien lo llevaba en la mañana y a nosotros nos tocaba ir a buscarlo durante las tardes. Era ganado de los hacendados. Yo me embarcaba en esta tarea para acompañar a mi amigo Luís Rody. Esta era una faena de todos los días. Ni siquiera el Viernes santo  descansábamos. Primero nos íbamos a bañar al pozo y luego a cumplir con nuestra tarea. Aquel Viernes Santo lo recuerdo porque fue muy especial. Por poco y pierdo la vida en esta empresa. Junto a mi amigo Rody fui este día a buscar el ganado y llegamos hasta el límite más lejano de la hacienda ubicada en la llamada Niega Florida. Cuando reunimos el ganado que contamos y recontamos nos faltaba la vaca más hermosa de todas y el gran toro marrón. Buscamos por todos lados y no encontramos alambres rotos. No sé como ni de que manera estos dos tortolitos se volaron la cerca para ir a parar a la hacienda vecina, que colindaba con la nuestra en algún punto del mapa. Después de mucho buscar infructuosamente vimos en la lejanía a dos toros que se peleaban. Uno pertenecía a  la hacienda Batista-Bisonó-Rodríguez y el otro a la hacienda de los Vargas. Nuestro Toro era un fuerte y bonito ejemplar de color marrón claro, el otro era un toro de los Cebúes tan negro como la noche.  
       El toro marrón, que iba ganando la pelea, le rompió por el tronco uno de los cuernos al endiablado toro negro, que sangraba y bramaba como un dragón chino. Fue una pelea de titanes. Los animales corrían, se separaban y se chocaban las cabezas como dos autos en frontal combate. Como pudimos, mi amigo Rody yo replegamos a la vaca, que estaba por los laterales muy despreocupada comiendo pangola y luego asustamos a los toros con un garrote siempre montados en nuestro caballo y nos alejamos en paz. Esto creíamos nosotros. Al dar las espaldas sentimos de improviso un tropel de búfalos detrás de nosotros dispuestos a partirnos en dos. Apretamos el paso del caballo y brincamos la cerca en claro. Fue como si les nacieran alas a nuestro potro. Parece que así fue porque de otra manera no se explica como pudimos salvar nuestras vidas ante el bestial ataque de aquel feroz toro negro, que se quedó resoplando al otro lado de la empalizada de los vargas. Esta historia yo no se la había contado a nadie. Fue lo que se dice una travesura de locos muchachos en un día tan sagrado como el Viernes Santo. Por demás se trató de un inexplicable acontecimiento, mágico y misterioso como muchas cosas de la vida. Aún yo no sé como fue que este caballo brincó la empalizada. La vida tiene incontables misterios que el hombre no puede explicar ni comprender. Se pone la vida en juego y a veces sales bien, pero otras tantas no vives para contarla. Por suerte mi amigo Rody y yo salimos vivos de aquella aventura tan peligrosa. El toro negro nos quería herir como venganza por la dolorosa herida y perdida de su cuerno que le propinó el toro marrón. Estoy contándola, pero casi no vivo para contarla. Yo montaba en la parte trasera del caballo, lo que se dice en la colita y al pelo. Al brincar la empalizada me fui de lado y cuando el toro negro nos perseguía casi ruedo por el suelo. Me pegué fuerte a los pelos del caballo y Rody me sujetó como pudo para ayudarme a volver a mi puesto. En la vida hay realidades reales y realidades fantásticas. También se dan situaciones que fueron, pero que no debieron  ser. Todo en la vida mis atentos lectores es así y todo pasa por algo. Aquellos momentos que pasaron y no pudieron ser alguna enseñanza nos van guardando en el baúl del crecimiento individual. Son lecciones de vida con un aprendizaje para la muerte, solo que debemos estar despiertos para tomar esos conocimientos tan importantes. Hablo de la muerte porque la vida está llena de inseguridad donde lo único seguro que realmente tenemos es la muerte. En algún momento de nuestro destino la bendita calaka (la muerte) tiene que llegar. Nadie quiere que le llegue ese día. La perdida de un amor y de un ser querido son duros momentos. Los toros se peleaban por aquella vaca y el toro negro perdió la partida. Yo había perdido a Dora y a Panchita mis dos primeros amores, pero a diferencia de aquel rudo toro yo nunca pelié por mantener estas relaciones o amores adolescentes. 
      Les decía que cuando se pierde a un ser querido es un momento muy duro, ya sea, que venga la muerte o por puro desarraigo. Ambas situaciones representan un viaje de ida. Un rompimiento trae lejanía, pena tristeza, dolor y soledad. El amor es como el dominó por algo dicen que fue un ciego quien los inventó. Cuando se juega el dominó con pasión y se llega a la victoria esto da felicidad. El amor como el dominó es entre dos. Cuando estos dos componentes no sienten esas maripositas en los corazones, no vale la pena seguir. La vida debe continuar porque: “Más para a delante vive gente” La adolescencia es una época de  irresponsabilidad. A medida que el tiempo va pasando la vida de los seres humanos va cambiando. En esencia se es la misma persona con las mismas características faciales y corporales pero la mente va creciendo lentamente al termino de que dejamos de ser aquellos niños, adolescentes irresponsables y problemáticos. Dejamos atrás la vida bohemia, romántica,  de  serenatas y sin fructificar un proyecto serio de vida que nos afinque en la tierra. Lejos se van  aquellos tiempos y amores. Un día para matar las preocupaciones (el stress) y divertirme un poco asistí con mi esposa Doña Remedio a una fiesta y me encontré en dicha fiesta a un primo de mi distante amigo Rody. Se parece tanto a Rody que terminé confundiéndolo con el mismísimo Rody. En este momento de niebla mental como producido por un encantamiento yo veía al primo de mi amigo como si fuera él mismo. –“¿Te acuerdas, cuando el toro negro por poco y nos mata? –le dije- yo. –“ Si, muchacho, que si no brincamos la cerca hoy no la estuviéramos contándo” –me refirió- él. Más tarde pensé en mi error mental. ¿Cómo pude yo confundir a Bamban y a mi amigo Rody? ¿Porqué me dijo él que sí se acordaba del episodio del gran toro negro? Créanme que aún no he podido encontrar la respuesta. Lo único que se me ocurre decir es que la vida está llena de misterios. Como seres normales de carne y hueso uno no espera  que situaciones así le sucedan. Esta noche en la fiesta  a más de treinta años de distancia volví a ver a mi eterna novia Panchita.-“Mira ahí va mi novia” –le dije- yo,  a mi esposa Remedio. –“¿Cómo? –gritó- ella. Yo, le conté la historia y nos reímos juntos. –“Es mi eterna Novia, porque me dijo que sí, que quería ser mi novia y nos dimos un ligero beso en los labios, pero nunca más nos vimos para continuar ni para terminar aquella relación. Ni siquiera por carta volvimos a saber el uno del otro. Fue un amor y una historia que nunca comenzó, pero que nunca se terminó (que vivió), pero que se niega a morir, en mi querida tierra de muertos vivos. Mi esposa Remedio me dijo: -“Solo espero que un día se junten para terminar aquello definitivamente. ¿Cómo terminar lo que nunca comenzó?¿Cómo matar algo que nunca nació? Hay situaciones y pasajes de la vida en LIMBOTROPIA que se eternizan en el tiempo. Esto fue lo que sucedió con la eterna novia, de mi querido amigo el poeta Raúl Guerra, una fantástica novia que nunca tuvo.