Presentamos a todos los lectores de Navarretense.com otro cuento Fantástico del poeta y escritor Rafael Rosado, basado en las leyendas de la tradición oral antigua de Navarrete, Titulado :
Cuento Fantástico de:
Rafael Rosado
correo:
rafael.rosado@yahoo.com
A las once y cuarenta y cinco salí del cine Delia. Esa noche estaba en cartelera la película: “Drácula Contra las Vampiras Asesinas”. Llovía a borbotones y se respiraba un olor inconfundible a tierra mojada. Las gotas de agua se desprendían de los árboles quebrantavientos que coronan toda la acera de la avenida Duarte. No traía paragua porque meteorología, no hizo ningún anuncio de aguaceros para ese día. Al terminar la película la multitud salió del Cine y cada quien corrió en dirección a su casa. Es que todo, esa tétrica noche, invitaba a correr. El agua, los relámpagos, la oscuridad, los truenos y la soledad de las calles. Yo no tenía prisa y me entretuve comprando un riquitaqui, de los que vendía, Amable, un señor proveniente de Santiago. –“¿Le gustó la película?” –me preguntó- -“Sí” –le dije- yo, para que no piense que vengo al cine a perder el tiempo. –“¿Sabe Usted porqué me gustó?-Entonces, fui yo el que interrogó al inquieto vendedor- Para más tarde contestarle: -“Me gustó porque se salió de lo normal”.-le dije- y continué –“Es que Drácula regularmente muere por una estaca, o por un disparo con una bala de plata”. –“Ya Usted se las sabe todas”. –refirió él- con una sonrisa. –“El argumento estuvo bastante original” –le informé- yo. –“Sí, porque el señor Drácula se enfermó de Sífilis, al chuparse la sangre de una prostituta”. Las vampiras, calcomidas por los celos se rebelaron contra Drácula y aprovechando que este dormía en su ataúd, se le acercaron. –“Vamos a morderlo, ahora que está dormido”. –dijo- una de ellas. Lo acicatearon hasta por la planta de los pies.
En esos precisos momentos Drácula tenía una pesadilla horrible. El soñaba, que llegó a un remoto pueblo tropical, donde vivían una musas desnudas. Aprovechando la oscuridad de la noche se dirigió a morder la reina madre de las musas mientras esta, salió de su cueva para dormir en su humilde palacio de cielo de cana y techado de yaguas. El príncipe de los vampiros fue atacado por sorpresa por unos enanos eunucos que protegían a la diosa. Le echaron de improviso un somnífero, usado para estos casos. El señor Conde, se durmió profundamente, pero aun así sentía a un grupo de mujeres, musas o diosas desnudas que lo pellizcaban y mordían golpeándolo con unas ramas, al tiempo que le rociaban una extraña sustancia verde, que caía como lluvia pastosa sobre su rostro.
Un señor de negra tez, fuerte y con la cabeza raspada, se le acercó con un hierro ardiente en sus manos. Unos de estos instrumentos usados por los ganaderos para estampar a los animales. – El Gritó- -“¡NOOOO! ¡NOOOO! y de inmediato despertó de la horrible pesadilla. Las vampiras al verlo tan asustado fingían como que le hacían caricias y le ponían un polvo en el rostro.–“Déjenme tranquilo”. –le dijo- él a sus mujeres. –“Tengo que tomar un baño. No sé porqué pero me siento sucio”. –les refirió- y se fue a bañar.
Se tiró encima, aquella agua enrojecida, purificada con sangre. Siempre bajo la oscuridad, porque la luz molestaba a sus ojos y a su vida. Tomó la toalla, secó el agua colorida de su cuerpo y salió al palacio dorado de su alcoba. En la parte lateral del cuarto había una fuente grande donde este se veía reflejado. Era como un espejo de agua. –“ ¿Porqué los vampiros, no nos podemos ver en los espejos reales? –Se preguntaba- a sí mismo. –“Ya sé, nos desintegraríamos al instante. –Explicó- -“Me compré esta fuente de agua, en Hungarland, para resolver el problema. Al caminar –él explicaba- los por menores de su espejo como si dialogara con alguien. –“Sinceramente mi espejo de agua es maravilloso, yo puedo ver el pasado y el futuro”. –decía- para sí mismo. Cuando prendió la vela de su cuarto y se miró en el espejo de agua.–“¡NOOOO! ¡NOOOO!” –empezó- de nuevo a gritar. Se dirigió donde sus vampiresas y les explicó la pesadilla que había tenido. Drácula quedó engañado, pensando que fueron las musas y no las vampiras quienes mordieron su cuerpo. Siete meses después, sus traidoras acompañantes cayeron enfermas, de Sífilis y más atrás, también él, fue atacado por la misma enfermedad. Al chequear nuevamente la fuente de agua murmuró: -“Fatídico día, aquel que sin nada para almorzar, salí a la calle y le chupé la sangre a la primera mujer que me pasó por el frente”. Era la prostituta del pueblo. Ella misma no sabía que había contraído esa enfermedad, y sigió su trabajo infectando con su cuerpo a muchos de los hombres del pueblo, los que a su vez infectaron a sus esposas con esta mortal enfermedad. Así comprendió el señor Drácula que habían sido las vampiras y no las musas quienes lo mordieron al dormir aquella noche fatal. El Conde enfureció y echó de su palacio a las vampiras. Ellas empezaron a vagar por las calles, mendigando un pedazo de pan, y un poquito de sangre para seguir existiendo. Se veían horrorosas y mugrientas. El problema se tornó más grave cuando las vampiresas descubrieron que estaban embarazadas de su señor.
Una por una fueron muriendo, las vampiras. Todas, menos Serafina Pérez Buitresh Talgok. Ella era la más amada por Drácula, la más consentida y la más hermosa . Conociendo los sentimientos y la debilidad de su amado, la señora Buitresh Talgok volvió al palacio. –“Perdóname”. –le dijo- al señor. -“Si no lo haces por mi, hazlo por tu hijo, que llevo en mi vientre”. El Conde se enterneció. –“Te perdono” –se oyó decir- con su voz acongojada. El niño nació prematuro, pero como venía infectado por la vieja enfermedad murió a los trece días. La señora Buitresh Talgok, enloqueció, se marchó del palacio y ante la tumba de su finado niño prometió arrastrar una cadena de por vida, pidiendo perdón y misericordia para el alma de su hijo, con el objetivo de que este sacrificio retornara la vida a su vástago. Ella, nunca jamás, perdonó la traición de Drácula.
Luego de echarle todo el cuento de la película a mi amigo, Amable, el riquitaqui, partí apresurado y solitario rumbo a mi casa. La calle estaba despejada y húmeda. Subyacía el penetrante olor a tierra mojada, pero raramente también se le unió el fresco olor a clavel. Al doblar por la calle Emilio Prud Home, sentí un frío tremendo. Oí el ruido de una cadena que se arrastraba y una voz de mujer que se quejaba amarga y profundamente: -“! Aaaaayyyy ¡ ¡ Aaaayyyyy ¡
A lo lejos vi una figura humana, envuelta en unos trapos blancos y cubierta hasta su cabeza. En su mano izquierda traía un ramo de claveles rojos y en la derecha, extendida hacia a tras sostenía una larga y pesada cadena, que venía arrastrando por toda la carretera, haciendo un ruido ensordecedor. –“Devuélvanme a mi hijo” -¡Aclamaba!- sin cesar. –“Yo quiero a mi hijo”. –Volvía y repicaba- con su voz llorosa y fantasmagórica. Yo no podía dar crédito a lo que escuchaba. Era ella, con su pelo blanco y adormecido que reflejaba la luz de la luna e iluminaba la noche de su cuerpo. Desde que tengo uso de razón conocí la leyenda pueblerina, de
La Lorona de La Cadena,
precisamente esta noche tan especial, ella me concedía el privilegio de poder verla y escucharla en medio de la noche más oscura y lluviosa que he visto. Pasó por mi lado sin mirarme ni hablarme. Sí, porque sus quejas, llantos y lamentos eran como dirigidos al cielo. Yo, no le hablé tampoco, por aquello de que no es bueno hablar, contrariar o despertar a los sonámbulos que viven una pesadilla. Me esperé un momento y noté que se detuvo frente al Cine Delia. Le preguntó algo a mi amigo, el vendedor de riquitaqui. Este la esquivó de improviso. –“Pregúntale a Manolin”.-le mandó- como quien da una orden vital.
Ella se dirigió a la puerta. –“Señor Manolín, déjeme entrar a buscar a mi esposo, que hoy vino con mi hijo al cine” –Continuó- explicando, -“yo creo que están ahí dentro, porque aún no han regresado a la casa”. –“Mire, Doña, ya la película terminó y todos se marcharon”. –“Por favor, se lo suplico” –pedía- ella.
–“No importa, de todas maneras yo quiero ver ahí dentro”. Ante la insistencia de la dama, Manolín la dejó pasar. El, me explicó, al día siguiente, que: -“ella se veía como una mujer normal, de carne y hueso, y no llevaba ni arrastraba ninguna cadena”. Yo me quedé sorprendido. Pasó como media hora y la extraña mujer no salía del cine. Manolín dejó a Williams atendiendo la puerta y fue por la dama. Ya no encontró ni rastro. –“Lo que sí pude ver” – Ese día me dijo- -“fue una sombra que se introdujo atravesando el telón cortina de la pantalla. ¿Qué mujer tan extraña? –le confesó – él, más tarde a su empleado Williams. –“¿Qué mujer? – le preguntó- éste, en forma casi automática. –“¿Tú no la viste?, ¡ ¿ esa, la que vino a buscar a su marido? ¡” –le contestó- un poco desajustado e incómodo el fortachón. –“Yo no he visto a nadie” –reafirmó él- y miró para adentro, buscando con la mirada, sin que encontrara nada.
Retorné a mi casa corriendo, asustado, empapado y medio confuso, bajo un aguacero terrible, con rayos relámpagos y centellas, pero convencido de que al menos no era el único que en Navarrete había visto y oído a esta quejumbrosa y adolorida muerta viviente que acostumbra a transitar, arrastrando su cadena, por la Avenida Duarte, desde que ésta calle era solo un camino real para vacas y burros. Serafina pérez Buitresh Talgok, la misma que hoy, entró por la pantalla del cine para reunirse con su hijo y su amado esposo, en algún lugar infinito. A menudo, la conocida "
Llorona de La Cadena",
sale de la pantalla del viejo y destartalado Cine Delia, del entrañable Manolin, a deambular por las calles con sus quejas, llantos y lamentos como quien vuelve quizás de un largo viaje -de la vida, no se sabe si de la muerte- para pasar de mito a leyenda, resistiendo el tiempo y la muerte sin cansarse jamás de transitar las fantasmales calles de este pueblo olvidado.