La Metempsicosis  de Moreno Blanco

 

En esta entrega de la narrativa  del poeta y escritor Navarretense Rafael Rosado, presentamos el cuento :

"La Metempsicosis De Moreno Blanco". Una versión libre sobre el legendario mito popular de Enrique Blanco, más que nada para mostrar una visión fantástica de los acontecimientos enigmáticos que rodearon su vida.

                   La Metempsicosis  de Moreno Blanco

 

 “El camaleón, se Tiró al río, pasado un instante,  sólo quedaron las ondas, el vacío y la nada” Esta fue la expresión del pobre Chencho, el padre de Moreno Blanco, cuando sus hermanos le vinieron con la noticia de que su hijo había desaparecido en el río. –“El agua y las piedras del Río se lo tragaron” –agregó-mientras lloraba desconsolado en los hombros de su mujer. Se lamentaba y se lamentaba sin cesar. –“Tanto que te lo dije, y no me hiciste caso a mí  ni a tus hermanos, pero sobre todo a tu madre que miles de veces te repitió, “No te  vayas  a bañar  al desbocado arroyo Guanábano que es tan peligroso”. ¡ “Ay ¡ si me hubieses hecho caso a mi, a tus hermanos o a tu querida madre,  esto no estaría pasando, hoy Viernes Santo, un día tan sagrado. Esto es un castigo de Dios”. Moreno Blanco siempre tuvo la cabeza como un block de dura y nunca siguió las directrices y consejos se sus padres. Aprovechó que su progenitor estaba entretenido jugando dominó y se escapó. Mientras sus hermanos  jugaban el rudo juego de la libertad y Doña Fredesvinda, la madre, se tiraba las cartas del Tarot  donde su Vecina Iluminada Beliar.

El se fue a bañar al peligroso río, ubicado en Limbotropía, donde vive la maga. Una vez en la orilla, se desvistió, puso la ropa sobre una roca. Miró hacia todos lados para asegurarse que nadie lo observaba desnudo. Cuando se aprestaba a saltar una serpiente venenosa lo mordió en una de sus  piernas. Instantáneamente sintió que desfallecía. Por el orificio de la mordida, escalofriante, le brotaba la sangre en torrente. El caudaloso arroyo se tiñó de roja sangre. El áspid, que había transmigrado desde Egipto a Navarrete  cumplió su cometido.  Vengar la muerte de un antepasado amo suyo de los tiempos de Alejandro Magno. Solo su piel descansaba en la Galería de los Espejos de Francia pero al ser examinada con una luz gamma por un Egipciólogo, se regeneró hasta volverse mutante. Se escondió  en la efigie  de una oficina  cercana y de  allí  transmigró  a  Santo Domingo, al viejo  museo de  las  figuras erráticas   donde  se   presentaba  la exposición “Antigüedades Egipcias”. –“La peculiaridad primigenia del áspid es que desangra la victima en  siete segundos, el cuerpo se llena de agua , la piel se vuelve escamosa y  los  pulmones  se transforman en branquias”.                                         

      Esta era la explicación de la bella guía del museo a los asistentes a la apertura de la exposición iniciada el lunes santo. Moreno Blanco se dejó caer de lado y se hundió en las profundidades del río. Por más de tres horas anduvo dormido. Despertó en medio de un grupo numeroso de tiburones, que se divertían jugando con él, tirándolo de un lado para  otro. –“¡Qué susto me pegué! –le dijo- Moreno Blanco, a un pez espada que lo acompañó en la huida, cuando uno de los tiburones dejó ver sus luminiscentes colmillos. Nadó todo el santo día en las profundidades de aquel mar, subterráneo, secreto e indescriptible, deambulando por interminables pasadizos intrincados. En ciertos lugares concluían en puertas invisibles como murallas cerrando el paso a las prohibidas catacumbas marinas para luego dar paso a la cascada sempiterna y a los lagos azules e infranqueables y a las superficies esmeraldizantes  desde donde se llegaba  de nuevo a tomar otro arroyo hasta que por fin se  recalaba en el mar infinito. –“Tengo que contarles-dijo el- que el cálido sol me trituraba hasta los huesos. Sentía la urgente necesidad de volver atrás por el sendero andado, pero no podía.         Era como si una camisa de fuerza me retuviera en este mundo que parecía haber salido de la divina pluma del más diestro pintor”. -¡Mira!- le gritó- su compañero, -“Allá se ve una isla y parece que está abandonada”. Se acercaron y observaron un grupo de Jóvenes que se divertían jugando en la orilla. Al  tiempo que  tres de ellos  tumbaban cocos  en  una espinuda mata –“Tira el Coco y yo lo bateo”-dijo pedrito- -¡ Ese es un juego de locos ¡ - adujo Louverture desde la altura del árbol. Moreno Blanco quiso hablarles, pero la voz se le volvió un gargajo. Sus colmillos de Tiburón iluminaron la noche y los muchachos al ver esto quedaron paralizados por breves segundos. –“Ese fue el momento justo cuando comprendí que ya no era humano”-le dijo- el tibumano a su inseparable amigo. Luego se miró las manos y en lugar de dedos tenía dos largas aletas como las usadas por los buzos. Ya se disponía a acercarse a los pobladores de la isla cuando vio llegar corriendo desde la orilla frontal de la playa  una muchedumbre de hombres, mujeres y niños que venían con antorchas encendidas en pos de el y su compañero. Es que se había dado la voz de alarma.                                                      
 
     En todo el país cientos de hombres fueron  encomendados para encontrar a Moreno Blanco. Estos Caza recompensas seguían su rastro infructuosamente por todas partes. Día y noche mantenían informado a su jefe. –“Dicen que se volvió un hombre Tiburón”  -les advirtió-  Manuel Tolima Morillo al funcionario judicial que nombró para cumplir su encargo junto a la peligrosa víbora Egipcia El áspid. –“Además tengo noticias de que  ha atacado a varias personas en una playa de Boca Chica, esto es un complot contra mi gobierno”-les aseguró- -“Búsquenlo y tráiganmelo vivo o muerto, pero me lo traen bien rápido”. Por tres días Martes, Miércoles y Jueves, iguales a casi toda una eternidad, el gendarme y la culebra recorrieron lomas, cuevas, valles  y montañas para cazar a Moreno Blanco sin poderlo encontrar. Ramón Cigar,  tenía la clave en un As de corazones negros, que conservaba aún en sus manos muertas. El gendarme y el áspid llegaron hasta esa zona precisamente a preguntarle  a  Ramón cual era el lugar preferido de Moreno Blanco.-“U’tedes  han llega'o taide” –les comunicó- a los visitantes un vecino apodado Nicodemo White. –“Moreno Blanco, le’ cogió alante. Casi agora mimo mató a sangre fría al alcaide, el Señoi Cigai, que hoy, Jueve’ Santo lo diva a entregai  a la ju’ticia”. Perfecto Tunante tomó la carta de la mano del muerto y se marchó. –“Estoy seguro,  que en esa baraja doblada,  hay un mensaje del lugar que andamos buscando”. –Así dijo él- como quien dialoga normalmente con la culebra. Luego de varias averiguaciones se dirigió donde Iluminada Beliar, la más reconocida lectora de cartas que habitaba en una tierra de musas desnudas, ciguapas cantoras, enanos eunucos, gigantes de dos ojos, norias, lagos y cascadas. También con milenarias catacumbas submarinas entre las montañas. Llegó a su mundo para que ella le descifrara el enigma, ayudándolo: a encontrar al Fugitivo M162, como se le fichó en los anales de la justicia y además nombrado  con el alias  de Quique  El Tibumano. –“No es que me importe” –refirió la cartomántica- al comendador, -“Pero, ¿cuál es el delito para perseguir a Moreno Blanco? -“Como Usted ha dicho, eso no es cosa suya”. -le contestó- de muy mala manera, el fiscalizador general de la Nación Don Perfecto Tunante. A Iluminada Beliar, suma sacerdotisa y maga, no le quedó de otra que asistir a la autoridad enseñándole el lugar donde Quique acostumbraba a bañarse todos los días. Escondidos entre los árboles esperaron. Dejaron que se desnudara, que fuera a un montecito contiguo a hacer sus necesidades, lo demás fue un fácil trabajo para El áspid. Escondida  detrás de una roca de  su mismo color el animal Egipcio esperó el momento propicio para lanzar el zarpazo mortal. ¡Zzizzape¡ Hundió su lengua bifurcada en la piel  del desconcertado hombre y al sacarla desgarro con sus filosos colmillos el tejido corporal del bañista. Fue un duelo desigual, un ataque despiadado y por sorpresa .
   Una venganza que recorría miles de años, en boca de estos emisarios de la muerte para cobrar una vieja deuda de sangre.  Segundos después  Moreno Blanco desapareció en el río para nunca más volver. Consumado el hecho, Perfecto Tunante tomó su revolver  ¡Pum!-¡Pum! disparó dos veces sobre La víbora áspid y la miró como saltaba, hasta que terminó chorreando su sangre en el mismo río donde cayó su victima, unos segundos antes. -¡Ya no te necesitamos¡ -le dijo- al tiempo que guardaba su arma. ¡Vete en paz por donde viniste! – recalcó- mientras se persignaba. Iluminada Beliar volvió a su mundo y a su casa para consultar las cartas del Tarot donde se enteró de las razones de la culebra.  –“ Aquí veo,  que el áspid sirvió  de mascota por mucho tiempo a un Majarra Turco Nieto de un tal Piri Reis, que a su vez era poseedor del primer mapa mundi”. –“También puedo ver” -dijo la Beliar-  -“Que un antepasado de Moreno Blanco robó esos mapas de la galería secreta y se vino a América en unos barcos fenicios que se compró”.  Al ver la multitud con las antorchas encendidas, El Tibumano,  reconoció que lo iban a atacar. Hizo una seña a su acompañante y se lanzaron de nuevo al misterioso y profundo mar de La Matita. Al tirarse se golpeó duro en la cabeza. Por treinta y siete años vivió y durmió a la deriva. Como metido en una cueva donde todo era oscuro. Allí permaneció flotando hasta que un barco pesquero lo rescató.  En un crítico estado de coma lo llevaron a una sala de operación. –“Yo Oía voces de dos hombres conversando sobre una página en blanco. Estaba tan aturdido que no entendía nada”. A su lado permanecía el compañero de travesías. Se miraban y se hablaban de historias comunes que pasaron. –“Hubo un momento en que entendimos el dilema y era que cada quién debía seguir su propio camino”. De nuevo la luz se apagó estrepitosamente, Moreno Blanco  se vio a sí mismo descender por un túnel profundo. Sintió gotitas de arena cayendo sobre su cuerpo pero sin palparlo porque una cortina invisible impedía que nada lo tocara ni con el pensamiento. Sus extremidades se endurecieron. 

Estaba allí como muerto en vida. Sin saber qué hacer ni poder moverse. Sabía que respiraba, que no estaba tan muerto como parecía. Notó que el cristal de su féretro empezaba a sudar. –“Quería gritar” –“¡Sáquenme de aquí!!Me ahogo!!Sáquenme de aquí!. Nadie me escuchaba, ni siquiera yo mismo podía oírme.  Mi voz era simulada. Cuando quería musitar una palabra el sonido se me atragantaba en la mitad del paladar y un nudo negro, canceroso me impedía tan siquiera pronunciar mi nombre ni saber quien era”. En este entorno vivió, casi una eternidad. Inmóvil sin fuerzas para salir de aquella prisión infernal. Sus días eran rutinarios. Se acostaba y se despertaba con la inútil certeza de que hoy sería un día copiado al de ayer. Sin pasado y sin futuro. Desesperado y sin saber qué hacer para volver a bañarse de nuevo en el río Guanábano donde transcurrió su niñez.

Aquí en su nueva morada no tenía sol ni luna ni estrellas. –“Solo tenía el recuerdo de los días cuando me transmutaba como por arte de magia. Recuerdo la tarde aquella del rojo atardecer en casa de mi novia. Un teniente vino a buscarme y a unos escasos cinco segundos de distancia cuando llegó a mi, ya yo no era yo, era otra persona. También cuando era perseguido por el comendador y la anaconda al verme casi cercado me transformé en un burro. ¡Cuanto me divertía aquel juego de volverme general e ir a los cuarteles sin ser reconocido! y ver el temor del niño al gigante perro negro de la fuente. Sobre todo me gustaba la vida de ser  un gigante de dos ojos para vivir en el lago cerca de la cueva de La doña Patria”.  Quique se despertó y pensó que sería un día igual que los demás. Al abrir los ojos, gritaba como hace tiempo no lo hacía. -“¡Aaauuxiiilio ¡ ¡Aaauuxiiilio!. Se hundía en el pozo. Un niño miraba desde la orilla pero no podía ayudarlo. Varios de sus amigos corrieron a sacarlo. Se tiraron y lo tomaron por debajo de los brazos hasta que lo arrastraron a la orilla. Hicieron hasta lo imposible para resucitarlo. Blanco Moreno, mejor conocido como Moreno Blanco, el fugitivo M162, Quique el Tibumano murió sin poder pronunciar una palabra. Buscaron en su cuerpo con la mirada y notaron en la pierna aquella cicatriz que le produjo El áspid, aún fresca en su piel desgarrada. –“El Camaleón, se arrojó al río, pasado un instante, sólo quedaron las ondas, el vacío y la nada”.-Lloraba y decía su padre- “¡Mira como me lo trajeron!!Muerto!!No! ¡Se fue y esta vez se marchó para nunca más!!Un día Santo y Sagrado como lo es el Viernes Santo!!Mi pobre hijo tan infeliz que fue en esta vida!”. Abrió los brazos al cielo y exclamó- -“!Dios mío, ya no lo voy a ver nunca más en esta tierra!”. En su ataúd, Moreno Blanco sonreía con esa alegría indescifrable que sólo él podía entender.