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LOS LIBROS DE
STANISLAVSKY
(2da parte)
MI VIDA EN EL ARTE.
En este libro, Stanislavsky narra
sobre su vida y su desarrollo como
actor, director y dramaturgo, desde
la adolescencia hasta su madurez
artística, y de cómo llegó a crear
su “método”, el cual provocó una
profunda revolución en los medios de
expresión teatrales de ese entonces.
Stanislavsky declaraba la guerra a
todo lo convencional: la
"teatralidad", la rutina, el
histrionismo, el sistema del "primer
actor" en perjuicio del conjunto, y
sobre todo, quería prescindir del
repertorio entonces de moda, para
representar solamente obras de
auténtica calidad. Suprimió por
completo al apuntador. Propuso
modernizar todo el sistema de
escenografía e iluminación, para
ayudar a los artistas a desarrollar
su espectáculo sin estorbos,
permitiéndoles en cada presentación,
ser persuasivos, convincentes,
hermosos y pintorescos. Todo lo
utilizado en escena debía tener un
propósito claro y definido.Todo esto
se vió reflejado en la primera obra
que estrenó el Teatro de Arte de
Moscú “Los frutos de la Ilustración”
de León Tolstoi. En este montaje,
Stanislavsky encontró un camino
desde el cuerpo del artista hacia su
alma, la encarnación de su propia
vivencia en el momento de crear y
poder armar un personaje con forma y
contenido emocional.
UN ACTOR SE PREPARA
Lo que antes Stanislavsky había
esbozado en “Mi vida en el Arte”,
ahora toma forma definitiva en esta
obra, entregando al actor y actriz
las herramientas necesarias para su
preparación actoral, es decir, un
método. El contenido de este libro,
escrito a modo de bitácora, da
cuenta de las grandes interrogantes
que cualquier estudiante de teatro
se plantea cuando inicia un camino
en este arte, y cómo puede llegar a
resolver los conflictos derivados de
aquellas, para así lograr una
actuación verdadera, y no caer en la
temida sobreactuación que toma las
convenciones humanas sin estudio ni
análisis. En este sentido, los
actores y actrices deben entregarse
y dejar llevar el cuerpo por las
leyes de la vida orgánica y hacerlo
funcionar debidamente. Para eso el
aparato físico y vocal debe estar
excepcionalmente preparado, sin
tensión, pues ésta paraliza la
acción, vale decir, sólo con los
músculos del cuerpo relajados se
puede conseguir que los cinco
sentidos estén alerta ante cualquier
estímulo. Para que los músculos
puedan contraerse o relajarse
debidamente en la ejercitación, hay
que tener un objetivo vivo y una
acción real o imaginaria
(circunstancias dadas), consiguiendo
así, movimientos precisos,
energéticos, que pueden verse
traducidos en una libertad escénica.
Como se ha dicho en reiteradas
ocasiones, la actuación debe tener
un total sentido de la veracidad.
Por este motivo, al momento de crear
un personaje, Stanislavsky propone
indagar en todo tipo de detalles:
época, tiempo, país, etc., es decir,
las circunstancias dadas de la obra,
para que el actor o actriz pueda
situarse en el “Sí Mágico”, y
construir la base que despierta el
estímulo interno de creación. Sin
embargo, debe existir paralelamente,
un toque de falsedad en la
construcción del personaje, para no
caer en una actuación exagerada,
sino más bien orgánica. Existen dos
tipos de verdad: una creada
automáticamente en un plano real; y
otra escénica, ideada en un plano
imaginario y ficticio. Dentro de su
método, Stanislavsky destaca la
imaginación, como herramienta
fundamental, la cual debe ser
estimulada para que los pensamientos
estén activos, sin necesidad de
forzarlos en la creación. Cada
invención debe estar completamente
trabajada y firmemente construida
sobre la base de los hechos. Una vez
que se ha trabajado con lo propio,
hay que continuar con el entorno que
rodea a un rol, es decir, debe
existir una intercomunicación, un
intercambio de impresiones,
conocimientos, pensamientos entre
los demás personajes, para que el
público se interese, se comprometa,
y dialogue con ellos en forma fluida
e ininterrumpida. Esta forma de
comunión contiene métodos de
adaptación respecto a los demás y en
lo personal, porque se deben hacer
concesiones si se producen cambios
en el estado de ánimo de actores y
actrices, de circunstancias, de
ambiente, de lugar de acción y
tiempo, etc., para poder ajustar
correctamente las situaciones.
Una parte fundamental del método de
Stanislavsky, está referida a las
unidades y objetivos. Las unidades
nos marcan el canal de la obra y
éstas, en conjunto, conforman el
objetivo. Un texto se divide,
primero, en unidades mayores, luego
se extrae de cada una de ellas su
contenido esencial, para obtener de
esta manera, el esquema interno de
la obra total. Dentro de cada unidad
hay un objetivo, siendo éste parte
orgánica de la unidad y viceversa.
Existen tres tipos de objetivos: el
Externo físico (acción sin
experimentar sensación); Interno
físico (diferentes emociones,
matices. Conducen a la actuación
verdadera); Objetivo rudimentario
(contiene un elemento psicológico).
Hay que tener en cuenta que los
objetivos deben ser dirigidos hacia
los demás actores, no hacia el
público; deben ser reales, vivos y
humanos, no solamente teatrales;
deben ser verídicos, activos,
dinámicos, atractivos, creativos,
personales y estimulantes para el
actor o la actriz. El modo correcto
de designar los objetivos es
empleando un verbo, pues éste
entrega acción y movimiento a los
personajes de una obra.
El autor plantea que existen tres
importantes fuerzas internas
motrices: sentimientos, mente y
voluntad. A estos elementos les
llama “maestros”, pues ayudan y
guían la función del aparato interno
de creación. Están constantemente en
interacción, porque una no puede
actuar separada de las otras y
ninguna puede preponderar sobre las
demás, puesto que tiene que haber
siempre armonía.
Para llegar a actuar un determinado
personaje en una obra, primero, se
debe partir leyendo ésta varias
veces, para así tener un
conocimiento cabal de la misma. De
este modo, se puede tener una
dirección clara por la que guiar las
acciones del personaje para que
logre sus objetivos. Cuando sucede
aquello, se habla de una línea
ininterrumpida de la labor creadora.
Para que una línea sea
ininterrumpida, la atención del
actor o actriz pasa constantemente
de un objeto a otro, y no se enfoca
sólo a un punto de la obra. Hay que
ser muy cuidadoso/a con estas
líneas, pues si una se quiebra o se
interrumpe abruptamente, el actor o
actriz deja de comprender lo que
hace, dice y acontece en la obra, y
por lo tanto se desconecta también
de sus emociones y deseos.
Stanislavsky llama estado de ánimo
interno de creación, al momento en
que nuestras fuerzas internas
motrices se juntan con elementos
propios, como el talento, las
cualidades, etc., para buscar el
objetivo fundamental en una obra.
Este estado de creación, en la
mayoría de los casos, no resulta
espontáneo, debido a diversos
motivos, como por ejemplo, no haber
preparado un papel como corresponde
(internalidad) y sólo externamente;
o también que el actor o actriz
sufra de alguna dolencia física y
mental. Lo anterior se evidencia en
escena, cuando aquellos dedican su
presentación solamente a complacer
al público, o se entregan al
exhibicionismo. La duración y el
poder de un estado interno creativo
de un actor o una actriz, varía en
relación a la significación y tamaño
de su objetivo. Si éste es claro y
bien definido, se adquirirá un
correcto y sólido estado interno, de
lo contrario, este estado será
frágil. En una obra teatral la
totalidad de los pequeños objetivos
individuales y además de los
pensamientos, sentimientos,
acciones, hasta el detalle más
mínimo, debe estar referido y
converger en la realización del
super objetivo, de lo contrario será
eliminado como erróneo. Al mismo
tiempo, todos estos elementos deben
ser continuos de principio a fin de
la obra. En la creación y
preparación de un personaje
coexisten dos regiones fundamentales
que se complementan: el lado
consciente y el subconsciente. El
lado consciente se encarga de
ordenar el mundo externo que nos
rodea, y también direcciona el
funcionamiento del subconsciente
para que éste continúe con el
trabajo.
La primera etapa del estudio de un
rol, se hace de manera consciente,
porque se necesita comprender lo que
sucede con el personaje y su mundo;
cuando se supera este estado y se
alcanza la región del subconsciente,
se abren los ojos del espíritu y se
tiene conocimiento de todo:
sentimientos, conceptos, visión y
actitudes del rol y en sí mismo
cambian y se trasforman, al igual
que nuestros sentidos y
pensamientos. Llegar a la región
subconsciente implica, además, crear
condiciones favorables para que
fluya la inspiración, vale decir, se
deben tener en cuenta las fuerzas
motrices internas, el super objetivo
y la línea-eje de acción que conduce
a él. |