MI OPINION DESDE LOS RASCACIELOS.

                                                        

        Voces al Unísono.

Por: María  Sánchez                              Correo: mariasanchez1964@yahoo.com 

New york-U.S.A.-  Las voces de muchos dominicanos en  Washington Heights  parecen haberse sintonizado en la misma frecuencia para hablar de la frustración de ver languidecer la dignidad del país caribeño. Los dominicanos han aceptado  la dependencia económica de familiares que residen en el exterior como estilo de vida, esperando que les envíen todo lo que necesitan para vivir.   

Comentan algunos transeúntes,  que al emigrar se pretendía colaborar con  los familiares que quedaron, sin imaginar que la ayuda que se proveía para que  salieran adelante  se convertiría en asistencia permanente.    Mirar hacia atrás y observar lo que es la República Dominicana hoy, es sentir una mezcla de nostalgia y desconcierto por la caótica transformación que se registra en los hábitos de vida de la población.  Es innegable que las sociedades en el mundo deben aceptar los cambios  que se están suscitando a través de los nuevos tiempos. 

Las modificaciones en las sociedades,  deberían ser bien acogidas si se implementan para el crecimiento de los pueblos. Sin embargo, en la República Dominicana los dirigentes en el gobierno han querido implementar un desarrollo urbanístico acelerado, y una apertura en el estilo de consumo para lo cual la población dominicana no estaba preparada económicamente ni  psicológicamente, lo que ha provocado una explosión desenfrenada en la conducta habitual del dominicano, manifiesta en la necesidad de que le den para satisfacer sus gustos y necesidades. 

En la cultura dominicana se destacaba la dignidad y respeto que representaban un hombre y una mujer de trabajo para la comunidad y la sociedad en general.  A través del trabajo se podían lograr intereses individuales y de grupos familiares.

En la actualidad esta conceptualización es nula, se perdió, se esfumo, desapareció en la medida que se fortalecían las ideas gubernamentales  de invertir, e invertir, e invertir los recursos de la nación  en el, supuesto desarrollo del país, mientras las reales necesidades del pueblo permanecían estacionarias indefinidamente. 

La dilapidación de los recursos del país es justifica dándoles dádivas al pueblo, y haciéndoles creer que cuando se les da se les hace un favor, pero la realidad es que se busca  que la gente desposeída permanezcan en la ignorancia porque de esa forma son  manipulables.  

 Es precisamente, este juego en la política dominicana que junto a las buenas intenciones de los que emigraron, quienes se prestaron para  sustituir al  gobierno en la responsabilidad de dar alternativas y soluciones para resolver los problemas  del pueblo, que se a creado al conocido “vive bien” o vividor, quien no es más que un personaje que se acostumbro a encontrar miles de razones para permanecer en el oficio de la vagancia. 

Quienes emigraron asumieron la tarea de  sustentar  a sus parientes, los que se acogieron a la comodidad de no tener que trabajar por un módico salario que no alcanzaba para cubrir la oferta de consumo incontrolado,  en un país que no se preocupo por crear las fuentes de ingreso para obtener  el dinero y así comprar los servicios de consumo al que la población dominicana se quiere acostumbrar.

    Una de las tradiciones familiares de los dominicanos era incentivar la idea de aprender a trabajar para alcanzar los sueños. Con regularidad, en los hogares, era repetido que  los objetivos se lograban   por medio al trabajo.  El orgullo por ser  trabajador era emulado por los padres bajo el lema de trabajar y prepararse para ser alguien en la vida.

Ahora la realidad es la de espera a que llegue desde   los Estados Unidos o Europa,  a la propia puerta de la casa,  la caja, el tanque lleno de ropa y comida y por supuesto las remesas que son la parte esencial de las conversaciones entre los familiares quienes  tienen cientos de historias de experiencias  del despilfarro en el que viven sus parientes en el país.

Según algunas anécdotas los nacionales nunca se sienten satisfechos con lo que se le da.  Se le pone a la disposición viviendas, pero hay que pagarles para que la vivan, además hay que enviar para el pago de las utilidades como: luz, agua, teléfono, cable y para el mantenimiento de la propiedad.  En conclusión nunca se logra satisfacer al dominicano en el país porque nada es suficiente, porque nada alcanza, siempre falta, todo es poco.

Lo cierto es que  la intención de colaboración fue inyectando inercia en una sociedad que no estaba preparada para transcurrir por un camino de cambios acelerados.  El descontento con los residentes en el país  se manifiesta por medio a las conversaciones en las casetas telefónicas, las que en su  mayoría, se refieren al dinero.

Qué cuanto  estas gastando, que  debes hacer esto o aquello, que dale a fulano esta cantidad, que no te olvides de hacer… que no te pude mandar más, que e’ tá mala la cosa, que no e’toy trabajando,  otros con voces muy altas, reclaman explicaciones, se lamentan y al final el enojo en la conclusión de que “esos pendejos no saben como se gana el dinero aquí.  Pero, los reales pendejos no están allá sino aquí. 

Las carencias en las que se fundamentaban los envíos que hacían los dominicanos en el exterior, se han convertido en un modo de vida en la isla.  Donde la fanfarronería es alimentada bajo el descaro del no tener que trabajar bajo miles de excusas.  Es innegable que la situación en el país es precaria para lograr un trabajo. 

Lamentable, los gobiernos dominicanos no les dan prioridad a la creación de fuentes de trabajo y cuando permiten la inversión extranjera lo hacen con demasiadas  prerrogativas para los inversionistas foráneos.  Los gobiernos dominicanos protegen muy poco los intereses nacionales.

Es evidente que  las políticas gubernamentales lo que hacen es instigar  a la vagancia y la delincuencia y a la perdida de la dignidad de la mayoría del pueblo. Es de sentido común el saber que un ser humano necesita vivienda, comida, educación, servicios de salud, etc. y que para poder conseguir lo necesario para sobrevivir es indispensable contar con recursos económicos, aunque éstos sean pocos. 

El dinero se logra a través del trabajo y sino se trabaja el único camino es delinquir o perder la dignidad para pedirlo o mendigarlo. Es la verdad que suena en las quejas de los dominicanos que emigraron con el sueño de volver. Los inmigrantes están cansados de mantener a individuos que no realizan ningún esfuerzo para salir adelante por ellos mismos.

Es común escuchar las historias de dominicanos que dicen estar agobiados de la viveza de sus familiares los  que no tienen límites en la rutina de consumo, mientras los que trabajan forzadamente son los inmigrantes que las únicas oportunidades para disfrutar es cuando regresan a la República en sus vacaciones, pero que los que están  en la isla y ven la abundancia con la que llegó quien emigró no entienden que ese no es un estilo de vida cotidiano y que cuando un dominicano regresa a compartir con la familia, el viaje se basa en un ahorro planificado.

En esta situación, quienes emigraron deben, también, asumir la cuota de responsabilidad por ser ellos quienes sin analizar las consecuencias de enviar dinero, ropa, comida, medicina, etc. sin explicar los esfuerzos que se hacen para conseguirlo, crearon una imagen en el país, de una riqueza inexistente.

 Las quejas de algunos dominicanos refiere que han tenido que reducir el volumen de ayuda  que les daban a sus familiares, ya sea por la crisis económica mundial, pero primordialmente por la actitud demandante de aquellos que no saben cuan difícil es conseguir todo lo que se envía al país caribeño y que en ocasiones no son bien valoradas por los que son recipientes de los mismos.

 Para quienes emigran los inconvenientes que se les presentan, diariamente, eran puestos en segundo plano para ser resueltos, sin embargo, está visión esta cambiando por el sin sentido de ayudar a personas que no desean comprometerse con la solución de su propia situación y permanecen inerte para que otros sean quienes resuelvan.

Los quisqueyanos en el exterior están priorizando el solucionar sus problemas propios, los cuales se manifiestan de diversas maneras y entre los que se cuenta el muy real  desplazamiento forzoso  que las autoridades de Nueva York están implementando en el Alto Manhattan.  Muchos dominicanos han tenido que mudarse para el  condado del Bronx por el alto costo  de los alquileres. Otros optan  por diseminarse  por diversas ciudades, en los Estados Unidos, y buscar nuevas alternativas  para continuar siendo  gestores de su propio destino, mientras los que quedaron en la isla se mantienen  a  la  espera de que le den.

Como señaló el destacado psiquiatra dominicano doctor Cesar Mella, en la República Dominicana se a perdido la perspectiva de inculcarles a los jóvenes que existe una relación entre  trabajo y bienestar.

 Este punto de vista ha sido estimulado por los inmigrantes en su afán de proveer materialmente a sus  familiares para que estos no pasen las calamidades que ellos sufrieron en el país.

Es innegable que  la pérdida de  los valores de amor al trabajo es  uno de los factores que no sólo amenaza el futuro social y cultural de la nación dominicana, sino que esta  causando un enfriamiento y descontento entre los que emigraron y los que permanecen en la República Dominicana.