MI OPINION DESDE
LOS RASCACIELOS.
Voces
al Unísono.
Por:
María Sánchez
Correo:
New york-U.S.A.-
Las voces de muchos dominicanos en Washington Heights
parecen haberse sintonizado en la misma frecuencia para hablar de la
frustración de ver languidecer la dignidad del país caribeño. Los
dominicanos han aceptado la dependencia económica de familiares que
residen en el exterior como estilo de vida, esperando que les envíen
todo lo que necesitan para vivir.
Comentan algunos transeúntes, que
al emigrar se pretendía colaborar con los familiares que quedaron, sin
imaginar que la ayuda que se proveía para que salieran adelante se
convertiría en asistencia permanente. Mirar hacia atrás y observar lo
que es la República Dominicana hoy, es sentir una mezcla de nostalgia y
desconcierto por la caótica transformación que se registra en los
hábitos de vida de la población. Es innegable que las sociedades en el
mundo deben aceptar los cambios que se están suscitando a través de los
nuevos tiempos.
Las modificaciones en las sociedades, deberían ser
bien acogidas si se implementan para el crecimiento de los pueblos. Sin
embargo, en la República Dominicana los dirigentes en el gobierno han
querido implementar un desarrollo urbanístico acelerado, y una apertura
en el estilo de consumo para lo cual la población dominicana no estaba
preparada económicamente ni psicológicamente, lo que ha provocado una
explosión desenfrenada en la conducta habitual del dominicano,
manifiesta en la necesidad de que le den para satisfacer sus gustos y
necesidades.
En la cultura dominicana se destacaba la
dignidad y respeto que representaban un hombre y una mujer de trabajo
para la comunidad y la sociedad en general. A través del trabajo se
podían lograr intereses individuales y de grupos familiares.
En la
actualidad esta conceptualización es nula, se perdió, se esfumo,
desapareció en la medida que se fortalecían las ideas gubernamentales
de invertir, e invertir, e invertir los recursos de la nación en el,
supuesto desarrollo del país, mientras las reales necesidades del pueblo
permanecían estacionarias indefinidamente.
La dilapidación de los
recursos del país es justifica dándoles dádivas al pueblo, y haciéndoles
creer que cuando se les da se les hace un favor, pero la realidad es que
se busca que la gente desposeída permanezcan en la ignorancia porque de
esa forma son manipulables.
Es precisamente, este juego en la
política dominicana que junto a las buenas intenciones de los que
emigraron, quienes se prestaron para sustituir al gobierno en la
responsabilidad de dar alternativas y soluciones para resolver los
problemas del pueblo, que se a creado al conocido “vive bien” o
vividor, quien no es más que un personaje que se acostumbro a encontrar
miles de razones para permanecer en el oficio de la vagancia.
Quienes
emigraron asumieron la tarea de sustentar a sus parientes, los que se
acogieron a la comodidad de no tener que trabajar por un módico salario
que no alcanzaba para cubrir la oferta de consumo incontrolado, en un
país que no se preocupo por crear las fuentes de ingreso para obtener
el dinero y así comprar los servicios de consumo al que la población
dominicana se quiere acostumbrar.
Una de las tradiciones familiares de
los dominicanos era incentivar la idea de aprender a trabajar para
alcanzar los sueños. Con regularidad, en los hogares, era repetido que
los objetivos se lograban por medio al trabajo. El orgullo por ser
trabajador era emulado por los padres bajo el lema de trabajar y
prepararse para ser alguien en la vida.
Ahora la realidad es la de
espera a que llegue desde los Estados Unidos o Europa, a la propia
puerta de la casa, la caja, el tanque lleno de ropa y comida y por
supuesto las remesas que son la parte esencial de las conversaciones
entre los familiares quienes tienen cientos de historias de
experiencias del despilfarro en el que viven sus parientes en el país.
Según algunas anécdotas los nacionales nunca se sienten satisfechos con
lo que se le da. Se le pone a la disposición viviendas, pero hay que
pagarles para que la vivan, además hay que enviar para el pago de las
utilidades como: luz, agua, teléfono, cable y para el mantenimiento de
la propiedad. En conclusión nunca se logra satisfacer al dominicano en
el país porque nada es suficiente, porque nada alcanza, siempre falta,
todo es poco.
Lo cierto es que la intención de colaboración fue
inyectando inercia en una sociedad que no estaba preparada para
transcurrir por un camino de cambios acelerados. El descontento con los
residentes en el país se manifiesta por medio a las conversaciones en
las casetas telefónicas, las que en su mayoría, se refieren al dinero.
Qué cuanto estas gastando, que debes hacer esto o aquello, que dale a
fulano esta cantidad, que no te olvides de hacer… que no te pude mandar
más, que e’ tá mala la cosa, que no e’toy trabajando, otros con voces
muy altas, reclaman explicaciones, se lamentan y al final el enojo en la
conclusión de que “esos pendejos no saben como se gana el dinero aquí.
Pero, los reales pendejos no están allá sino aquí.
Las carencias en las
que se fundamentaban los envíos que hacían los dominicanos en el
exterior, se han convertido en un modo de vida en la isla. Donde la
fanfarronería es alimentada bajo el descaro del no tener que trabajar
bajo miles de excusas. Es innegable que la situación en el país es
precaria para lograr un trabajo.
Lamentable, los gobiernos dominicanos
no les dan prioridad a la creación de fuentes de trabajo y cuando
permiten la inversión extranjera lo hacen con demasiadas prerrogativas
para los inversionistas foráneos. Los gobiernos dominicanos protegen
muy poco los intereses nacionales.
Es evidente que las políticas
gubernamentales lo que hacen es instigar a la vagancia y la
delincuencia y a la perdida de la dignidad de la mayoría del pueblo. Es
de sentido común el saber que un ser humano necesita vivienda, comida,
educación, servicios de salud, etc. y que para poder conseguir lo
necesario para sobrevivir es indispensable contar con recursos
económicos, aunque éstos sean pocos.
El dinero se logra a través del
trabajo y sino se trabaja el único camino es delinquir o perder la
dignidad para pedirlo o mendigarlo. Es la verdad que suena en las quejas
de los dominicanos que emigraron con el sueño de volver. Los inmigrantes
están cansados de mantener a individuos que no realizan ningún esfuerzo
para salir adelante por ellos mismos.
Es común escuchar las historias de
dominicanos que dicen estar agobiados de la viveza de sus familiares los
que no tienen límites en la rutina de consumo, mientras los que
trabajan forzadamente son los inmigrantes que las únicas oportunidades
para disfrutar es cuando regresan a la República en sus vacaciones, pero
que los que están en la isla y ven la abundancia con la que llegó quien
emigró no entienden que ese no es un estilo de vida cotidiano y que
cuando un dominicano regresa a compartir con la familia, el viaje se
basa en un ahorro planificado.
En esta situación, quienes emigraron
deben, también, asumir la cuota de responsabilidad por ser ellos quienes
sin analizar las consecuencias de enviar dinero, ropa, comida, medicina,
etc. sin explicar los esfuerzos que se hacen para conseguirlo, crearon
una imagen en el país, de una riqueza inexistente.
Las quejas de algunos
dominicanos refiere que han tenido que reducir el volumen de ayuda que
les daban a sus familiares, ya sea por la crisis económica mundial, pero
primordialmente por la actitud demandante de aquellos que no saben cuan
difícil es conseguir todo lo que se envía al país caribeño y que en
ocasiones no son bien valoradas por los que son recipientes de los
mismos.
Para quienes emigran los inconvenientes que se les presentan,
diariamente, eran puestos en segundo plano para ser resueltos, sin
embargo, está visión esta cambiando por el sin sentido de ayudar a
personas que no desean comprometerse con la solución de su propia
situación y permanecen inerte para que otros sean quienes resuelvan.
Los quisqueyanos en el exterior están priorizando el solucionar sus
problemas propios, los cuales se manifiestan de diversas maneras y entre
los que se cuenta el muy real desplazamiento forzoso que las
autoridades de Nueva York están implementando en el Alto Manhattan.
Muchos dominicanos han tenido que mudarse para el condado del Bronx por
el alto costo de los alquileres. Otros optan por diseminarse por
diversas ciudades, en los Estados Unidos, y buscar nuevas alternativas
para continuar siendo gestores de su propio destino, mientras los que
quedaron en la isla se mantienen a la espera de que le den.
Como
señaló el destacado psiquiatra dominicano doctor Cesar Mella, en la
República Dominicana se a perdido la perspectiva de inculcarles a los
jóvenes que existe una relación entre trabajo y bienestar.
Este punto
de vista ha sido estimulado por los inmigrantes en su afán de proveer
materialmente a sus familiares para que estos no pasen las calamidades
que ellos sufrieron en el país.
Es innegable que la pérdida de los
valores de amor al trabajo es uno de los factores que no sólo amenaza
el futuro social y cultural de la nación dominicana, sino que esta
causando un enfriamiento y descontento entre los que emigraron y los
que permanecen en la República Dominicana.
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